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Venado Tuerto

Esta semana tuve el gusto de compartir una charla con los amigos de Provimi/Cargill en Venado Tuerto. En el hotel encontré un escrito sobre el origen del nombre de la ciudad y realmente me gustó. Me atrae la historia argentina y me imaginé lo sucedido, así que me tomé el atrevimiento de escribir una líneas, que con todo respeto hacia los lugareños, les comparto en esta nota: Venado Tuerto.

La llanura del sur santafesino, en los años de la frontera, era una extensión abierta y silenciosa donde el horizonte parecía no terminar nunca. El viento corría libre entre los pajonales y, cada tanto una laguna se abría quietita, como un espejo opaco en medio de la nada. En esa inmensidad solían levantar fortines de adobe y madera: pequeños puestos de vigilancia que marcaban la presencia frágil de los hombres en un territorio todavía incierto. Uno de ellos era el fortín del Hinojo, cerca de la laguna del mismo nombre. Hacia la década de 1860, un puñado de soldados vivía allí entre guardias interminables, caballos siempre ensillados y una tensión constante. En la frontera la calma podía durar semanas… y romperse de pronto con el estrépito de un ataque inesperado.

Aquella mañana el sol comenzaba a levantarse sobre la pampa cuando el centinela, apostado en el mangrullo, vio movimiento entre los juncos de la laguna. Al principio, en la luz todavía difusa del amanecer, creyó distinguir un ternero rezagado que se había acercado a beber agua. No habría sido extraño: en esos campos abiertos el ganado a veces se alejaba de los rodeos. Pero el animal avanzó unos pasos y el centinela frunció el ceño. No era ternero. Caminaba con una cautela distinta, deteniéndose a cada pocos pasos para alzar la cabeza y oler el aire. Su figura era más esbelta, más ligera, como la de una criatura acostumbrada a la soledad del campo.

—¡Vengan a ver esto! —llamó desde arriba.

Los hombres del fortín se acercaron al borde de la empalizada.

—Es un venadito —dijo uno de ellos.

La carne escaseaba y el animal parecía una oportunidad inesperada. El venadito avanzó un poco más hacia la laguna y entonces notaron, cuando giró la cabeza hacia el fortín, que tenía un solo ojo. Del otro lado, donde debería estar la mirada, había apenas una cicatriz parda que se confundía con el resto del pelaje.

—Caramba… —murmuró el cabo—. Está tuerto.

Uno de los soldados apoyó su viejo fusil de percusión sobre un tronco de la empalizada.

—Con eso esta noche comemos un guiso para todos.

Pero el animal no parecía desprevenido. Sus orejas se movían con inquietud y su único ojo permanecía fijo hacia la llanura, como si escuchara algo que los hombres todavía no podían percibir. El soldado que apuntaba entrecerró los ojos.

Por encima de la cabeza del venadito comenzó a levantarse una nube de polvo en el horizonte. Durante un instante nadie dijo nada.

La nube crecía lentamente sobre la línea lejana de la pampa. El centinela en el mangrullo primerió la alerta gritando:

—¡Polvo al sur!

Indicación de mal agüero, era conocido por todos que esa era una vía rápida y peligrosa, conocida como la rastrillada de Las Tunas, que acercaba a los temibles ranqueles desde la impredecible tierra sureña. Los hombres volvieron a mirar hacia el horizonte. El soldado tardó apenas un segundo en comprender lo que estaba viendo. Jinetes al galope levantando polvareda. Y dentro de ese polvo que hervía empezaron a saltar como chispazos pequeños destellos de metal al sol. Venían lanzados sobre sus caballos atrevidos, sacudiendo las lanzas en alto mientras la nube de polvo se abría detrás de ellos como una tormenta.

Entonces llegó el griterío. Los alaridos rodaron sobre la llanura con una violencia salvaje.

—¡Malón!

El fusil que apuntaba al venadito bajó de inmediato. Los soldados corrieron a sus puestos. Se cerraron las entradas del fortín, se trajeron los caballos al corral y los fusiles comenzaron a cargarse con manos rápidas.

Los jinetes se acercaban cada vez más, algunos sacudiendo las lanzas en alto, mientras otros revoleaban boleadoras alocadamente sobre sus cabezas. El polvo cubría la pampa y el griterío crecía como una ola.

En los ataques de frontera no había advertencias ni treguas. Era a degüello.

Los primeros disparos estallaron desde el parapeto antes de que los jinetes alcanzaran la empalizada. El eco de los fusiles se mezcló con los gritos, el relincho de los caballos y el golpe seco de las lanzas contra la madera.

Pero el fortín había alcanzado a prepararse. Los disparos siguieron cayendo desde la fortaleza y, al ver que habían perdido el factor sorpresa, los jinetes no insistieron.

Tan rápido como habían llegado, giraron sus caballos y, ofuscados, pegaron la vuelta, alejándose al galope hacia la llanura envueltos en la misma nube de polvo con la que habían aparecido.

Cuando uno de los soldados volvió a mirar hacia la laguna, el venadito ya no estaba. Aquella noche, alrededor del fuego, los hombres hablaron del episodio en voz baja. El animal había aparecido justo antes del ataque.

Semanas después volvió a ocurrir.

El pequeño venado apareció otra vez junto a la laguna, y poco después el horizonte volvió a llenarse de polvo y de gritos. Los malones se fueron raleando porque ya no tenía gracia llegar de sorpresa y recibir una atenta recepción!.

A partir de entonces nadie volvió a pensar en cazarlo.

Con el tiempo, entre los hombres del lugar comenzó a correrse una curiosa costumbre. Cuando el campo se volvía duro o la sequía apretaba, más de un paisano decía —medio en broma, medio en serio— que había que salir a buscar al venadito. Algunos juraban haberlo visto aparecer en los bajos donde todavía quedaba pasto verde o cerca de alguna aguada escondida entre los juncos. Así, poco a poco, el pequeño animal empezó a ser visto no sólo como señal de peligro, sino también como un conocedor silencioso del campo.

La laguna comenzó a ser mencionada entre los pobladores con un nombre que pronto se repetiría en la región: la laguna del Venado Tuerto.

Con el paso de los años la frontera retrocedió hacia el sur, los fortines quedaron abandonados y la región comenzó a poblarse de estancias y caminos. Pero la historia del extraño animal siguió contándose entre los hombres del lugar, repetida en fogones y pulperías como recuerdo de aquellos tiempos ásperos en que la vida dependía de una señal a tiempo.

Dicen que los pobladores habían dejado de perseguirlo. Para ellos el venadito era ya casi parte del paisaje y de la memoria del fortín. Pero un día llegó a la zona un cazador foráneo que no conocía aquella vieja historia. Al ver al animal junto a la laguna levantó su rifle y disparó. Cuando los hombres del lugar lo supieron, hubo entre ellos un silencio extraño, como si con la muerte del venado también se cerrara definitivamente la época de la frontera.

Años después, en la década de 1880, el estanciero Eduardo Casey recorrió estos campos con la idea de fundar un nuevo pueblo. Al escuchar aquella antigua tradición decidió conservar el nombre que la leyenda había dejado grabado en el paisaje. Así, el 26 de abril de 1884, nació oficialmente el poblado de Venado Tuerto.

Al principio no era más que un pequeño asentamiento perdido en la inmensidad de la pampa, habitado por apenas un par de centenares de personas. El censo de 1887 registraría poco después unos 205 habitantes en el casco urbano y más de 1.600 en la colonia rural.

Con los años llegarían el ferrocarril, los comercios y nuevos pobladores. El pueblo crecería hasta convertirse en ciudad el 16 de diciembre de 1935.

Pero el nombre permaneció.

Porque en la memoria de estas tierras todavía parece vivirse aquella escena de frontera: un pequeño venado de un solo ojo, quieto junto a la laguna…mientras sobre su cabeza comenzaba a levantarse la polvareda del malón.

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