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Mirando lejos…

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Una breve historia de un tambo de la familia Baiguera en la localidad de Villegas, provincia de Buenos Aires…tambo que arrancó con ordeñe manual y terminó, casi 80 años después, en uno robótico.

Cuando hoy uno ve a una vaca entrar sola al robot, acomodarse casi con naturalidad y dejar que una máquina haga lo que durante décadas exigió manos, ojos y oficio, podría pensar que la historia de un tambo es, simplemente, la historia de la tecnología. Pero no. Antes que eso, es la historia de una familia, de una forma de trabajar, de una cadena de cambios que fueron llegando de a poco, aunque algunos de ellos hayan tenido la fuerza de una revolución.

In La Herminia, todo empezó mucho antes de que la palabra robot tuviera algún sentido en el campo. Fue en septiembre de 1949 cuando llegaron las primeras 30 vacas Holando, que se sumaron a un rodeo de vacas coloradas. Con ellas llegó también Antonio Etchevarren, “el vasco”, oriundo de Francia, hombre observador, práctico, de esos que dejan ideas memorables en frases breves. Aquel mismo mes comenzó además la seca más grande que se recuerde en la zona. Recién volvió a llover en marzo de 1950. Mi padre, Juan Baiguera, tuvo que atravesar entonces toda clase de peripecias para sostener aquellas vacas. Nunca olvidó ese episodio. Años después, ya en reuniones del CREA, volvía una y otra vez sobre esa experiencia para dejar una advertencia sencilla y definitiva: en lechería, nunca hay que dejar el clima de lado.

Durante veinte años, el tambo fue a mano, muchas veces todavía de madrugada, con el ternero maneado a la pata de la vaca, el tambero se sentaba con el banquito atado a la cintura y el tarro afirmado entre las piernas, debajo de la ubre. Se ordeñaba bajo las estrellas, bajo el sol, con lluvia, con helada. La leche caía en el tarro al ritmo del cuerpo y del oficio. Después, el boyero la llevaba en carro, en tarros galvanizados, hasta la fábrica de quesos. Eran los tiempos de las alfalfas pampeanas, de los verdeos de centeno que a veces dejaban su olor en la leche, de los primeros boyeros eléctricos con el “Loyto” a magneto, y de el sorgo interminable de cada verano para pastoreo y para hacer silo. Primero había espigadora, rastras tiradas por caballos y pozo de silo; después vendría la picadora integral, el carro de tiro, el material cortado a cuchilla y cargado con horquilla. Nada sobraba. Todo era trabajo.

Aquel tambo, visto desde hoy, parece pertenecer a un país remoto. Pero durante mucho tiempo fue simplemente el modo normal de producir leche. Por eso el cambio que llegó en los primeros días de julio de 1969 no fue una mejora más. Fue un verdadero sacudón. Ese mes, en La Herminia, comenzó a funcionar el nuevo tambo mecánico, después de veinte años de ordeñe manual. Hoy puede parecer un paso lógico, casi inevitable, dentro de la evolución de cualquier establecimiento lechero. Pero entonces no lo era. Para muchos productores, el ordeñe mecánico despertaba más dudas que entusiasmo. Había escepticismo, había temor y había cuentas para sacar. Se desconfiaba de que una máquina pudiera ordeñar sin perjudicar la ubre ni alterar la salud y el bienestar de las vacas. Y además estaba el costo, que no era menor: no se trataba de comprar un implemento más, sino de apostar fuerte por una forma nueva de hacer una tarea central del tambo.

La verdadera conmoción no estaba solo en los fierros. Estaba en otra parte. La máquina venía a ocupar el lugar donde, durante años, habían mandado las manos grandes del tambero: su pulso, su paciencia, su experiencia, su manera de conocer a cada vaca casi sin necesidad de palabras. Por eso el cambio no fue únicamente técnico. Fue mental. Hubo que aceptar que una tarea íntima, repetida dos veces por día, todos los días del año, dejaba de descansar directamente en la mano humana para pasar a depender de un sistema de vacío, pezoneras, rutinas de lavado y mantenimiento, y otra organización del trabajo.

El equipo instalado en La Herminia era una Alfa-Laval de línea alta, con seis bajadas y un corral preordeñe hexagonal para 35 vacas. El motor, con eje de mando, movía la bomba de vacío, el generador de 12 voltios para iluminar, el bombeador de agua y la bomba de presión para el lavado. Más tarde llegarían la corriente eléctrica de línea, el grupo electrógeno, el equipo de frío y el camión para retirar la leche. El tambo dejaba de ser una suma de esfuerzos dispersos para empezar a parecerse, cada vez más, a un sistema.

Y en esos mismos días, mientras en La Herminia se estrenaba el ordeñe mecánico, el mundo miraba otra hazaña: el hombre llegaba por primera vez a la Luna. La coincidencia agregaba una nota de color, pero también un símbolo. Aquel salto tecnológico del tambo manual al mecánico parecía dialogar, en escala doméstica y rural, con el salto de época que la humanidad celebraba en el espacio. Y visto desde hoy, la imagen adquiere casi un aire de premonición: más de medio siglo después, los robots instalados en La Herminia llevan justamente el nombre de Astronaut A5, de Lely. Como si aquella comparación espontánea del vasco Antonio —pasar del tambo a mano al mecánico era como viajar en el cohete que había llegado a la Luna— hubiera dejado, sin saberlo, una pista anticipada del destino tecnológico del establecimiento.

Antonio estuvo en La Herminia durante 35 años, hasta 1985. Yo tuve la suerte de compartir tiempo y trabajo con él cuando volví a Villegas, recibido de veterinario en 1978. Por entonces empecé con otra innovación importante: la inseminación artificial, y con ella eliminamos todos los toros que había en el establecimiento. También eso fue nuevo para Antonio, que hasta entonces había manejado el servicio natural de manera manual, llevando las vacas en celo a un corral en el piquete del toro. Con el tiempo, aquellas primeras técnicas darían paso a otras: primero las pastillas, después las pajuelas, el semen sexado, la sincronización de celos, la IATF, la pintura para detección de celo. Otra vez, el tambo cambiaba. Otra vez, no por capricho, sino por evolución.

Entre tanto, también fue cambiando todo lo demás. Juan, con sus libretas especiales, anotaba cada novedad de cada vaca: servicios, partos, número de RP de las terneras nacidas, hasta el dibujo de las manchas que permitían identificarlas individualmente. Después llegaron las fotos. Más tarde, el programa en la computadora. Y finalmente, la información en el teléfono. Pero en el fondo la lógica seguía siendo la misma: saber qué pasaba con cada animal, no manejar el tambo por aproximación, sino por registro y observación. A eso se sumaron el control lechero y la inscripción en el Registro de Cría de ACHA.

La alimentación también fue ganando precisión y escala. Pastoreo directo de alfalfa por la mañana. Ración durante el ordeñe, preparada en el campo con maíz propio más expeller de soja, balanceador de lactancia con sales y agregado de carminativo en primavera. Por la tarde, encierre con silo de maíz, de cebada y de alfalfa, mezclados según la época del año y según las necesidades de fibra o proteína. Primero con métodos más elementales; después con mixer, cargado con pala frontal. Rollos de alfalfa a discreción. Comederos en el tambo. Maíz picado fino. Silo puente, extractor de silo y carro repartidor. Todo fue sumando eficiencia, pero también complejidad.

La crianza de los terneros atravesó su propia transformación: boxes, estacas, correderas, crianza colectiva. Primero llevando la leche en tarros; después con tanque térmico; y ahora con el Calm, el equipo amamantador robótico. Lo mismo ocurrió con el sistema de ordeñe, que siguió evolucionando: la máquina de línea media, the extractores de pezoneras, the pulsado inteligente.

También apareció una mirada más integral sobre el ambiente y las instalaciones. La bomba estercolera, las piletas de efluentes, el recirculado del agua para lavar los corrales y lo decantado usado como fertilizante en el campo. El tinglado en el corral de espera, con capacidad para 120 vacas, the sprinklers, the fans, the tranquera arreadora. Y después los collares para control de reproducción, detección de celo y monitoreo de salud. El tambo ya no era solamente un lugar donde se ordeñaba: se había convertido en un sistema biológico monitoreado, con capacidad creciente para anticipar problemas y ajustar decisiones.

Y entonces llegaron los robots de ordeño.

Después de ver la película completa de todos esos cambios, desde el tambo a mano hasta el presente, la escena todavía conserva algo de asombro. Ya no se trata de poner pezoneras una por una al ritmo del cuerpo, ni de repetir el mismo movimiento cientos de veces. Los ordeñadores pasan de colocar 100 pezoneras por hora a ocuparse de la limpieza, el mantenimiento y la observación. A mirar por qué una vaca fue apartada: si por salud, si por celo, si por algún desvío en su rutina. Y mientras tanto, las vacas van al robot cuando sienten la necesidad de ser ordeñadas y de recibir una porción de ración.

Eso, que visto desde afuera parece casi futurista, en realidad no apareció de golpe. Es la consecuencia de todo lo anterior. De aquellas vacas llegadas en 1949. De la seca grande. De Juan con sus libretas. De Antonio y sus observaciones precisas. Del paso temido y disruptivo del tambo manual al mecánico. De la inseminación artificial. De la mejora en la alimentación. De la crianza, los registros, los collares, los efluentes, la sombra, la ventilación y la información. Nada de esto cayó del cielo. Todo fue construido.

Por eso, cuando hoy se ve a las vacas entrar solas al robot, no se está viendo solo una máquina nueva. Se está viendo una historia larga. Una historia en la que el tambo dejó atrás el banquito atado a la cintura y el tarro entre las piernas, pero no dejó atrás lo esencial: la vocación de hacer mejor las cosas, de adaptarse, de aprender, la actitud de mirar más lejos.

No es magia. Es lógica.


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