
Iba camino a la estancia San Luis en Las Marianas, Navarro, entrando al pueblo sobre la ruta ex 200, fue cuando observo sobre mi derecha una escena que daba para el recuerdo que se armó solito.
Era una mañana fresca de otoño y cruzando el boulevard de la Shell a un costado del camino, junto a un boliche de campo de esos donde todavía se compra lo necesario y se conversa lo importante, vi a dos paisanos detenidos en una charla corta, de esas que no pierden tiempo pero tampoco apuran. Uno, de gorra y pelo blanco, sostenía dos bolsas de nylon como quien viene de hacer un mandado simple. El otro, con sombrero negro y chaleco, estaba junto a una yegua ensillada, quieta como si estuviera escuchando.
Me adelanté un poco y frené sin pensarlo pues una escena así no se repite. Saqué la cámara y con el zoom pude ser parte de la charla sin ser visto. Tomé la foto con algo de pudor, lo que llaman una robada, pero era esencial que los paisanos continuaran sin sentirse observados-

Después supe los nombres. El paisano del sombrero era Samuel Caraballo, muy conocido en Navarro, payador en La Protegida. Tenía 83 años cuando hice la foto. Y la yegua era suya: se llamaba Pipina. El de la gorra era José.
No escuché las palabras, pero en el campo como en la ciudad, el cuerpo habla. Samuel estaba sereno, con esa postura de quien resuelve sin agrandarse. José tenía algo de resistencia: la dignidad de los que prefieren arreglarse solos, aunque no siempre convenga.
Y ahí, sin necesidad de teatro, apareció el gesto. Samuel señaló el recado como si ofreciera un mate.
—Subite —dijo, o lo dijo su mano.
José hizo lo esperable: negó primero.
—No, Samuel… dejá. No te hagás problema. Voy caminando.
Samuel no discutió con palabras grandes. Insistió con lógica, como se insiste en el campo:
—¿Caminando? ¿Y para qué está Pipina entonces?
José buscó la salida del orgullo:
—No quiero molestarte.
Samuel lo miró sin dureza, pero con firmeza. Como quien pone una cosa en su lugar.
—Esto no molesta. Esto es una gauchada.
La palabra cayó simple, sin énfasis. Y precisamente por eso pesó. Porque favor suena a cuenta. Gauchada suena a código: ayuda comedida, sin factura, sin humillación, sin discurso.
—Dale —insistió Samuel—. Subite, hacé lo que tenés que hacer y listo.
José todavía se defendió, más por forma que por convicción:
—¿Y vos cómo volvés, Samuel?
Samuel señaló con la cabeza hacia atrás, como si la respuesta estuviera ahí desde siempre.
—Somos vecinos, vos sabés. Pipina vuelve sola por el camino de tierra, el vecinal. Agarra la huella y rumbéa para casa como si tuviera memoria.
Y agregó, con la naturalidad de quien tiene el mundo ordenado por vínculos:
—Y a mí me está esperando un pariente. Vine a verlo. Se vuelve en la camioneta y me arrima. Vos andá tranquilo.
Eso terminó de desarmar cualquier excusa. Porque el que recibe una gauchada también necesita una cosa: que la ayuda no le deje una culpa encima. Samuel, con dos frases, le sacó el peso.
José se acercó a Pipina con esa torpeza suave de los años. Samuel no hizo de héroe: ajustó una cincha, acomodó un detalle del recado, como quien hace lo más normal del mundo. Pipina esperó quieta, paciente, lista para ser solución.
—Despacio —le dijo Samuel—. Y si te cruzás a alguno, saludalo. No vayas como si estuvieras peleado con el mundo.
José sonrió por primera vez, derrotado en el mejor sentido:
—Vos siempre dando órdenes…
Samuel respondió seco, sin dramatismo:
—No son órdenes. Son atajos.
José montó. Pipina dio un par de pasos y la escena empezó a desarmarse, que es como se desarman las cosas verdaderas: sin ceremonia. Antes de irse, José se dio vuelta.
—Gracias, Samuel.
Y Samuel, como si le diera pudor que le agradezcan lo que para él era obligación básica de gente, movió la mano en el aire:
—Andá, nomás.
Guardé la cámara y seguí viaje. Mucho después supe que ambos ya no estaban. Y la foto se me volvió otra cosa: no una captura linda, sino un testimonio de una forma de vivir que no hace ruido, pero sostiene pueblos enteros.
Porque al final una gauchada es eso: hacer que el otro llegue. Sin contabilidad. Sin exhibición. Con un gesto simple: ofrecer lo que uno tiene a mano —aunque sea una yegua ensillada a la vera del camino— y resolver, sin que el otro quede chico.
Samuel Caraballo, con 83 años y Pipina lista, no estaba “haciendo historia”. Estaba haciendo lo de siempre.
Y quizá por eso la escena me obligó a frenar.
No por la foto, por el código.
